Prólogo:
El mar en las venas
Hay territorios que se graban en la piel antes de convertirse en palabras. Para quienes crecimos en las costas de Talcahuano, entre el aroma a sal, las redes tejidas a mano y el vaivén de las lanchas artesanales, la memoria no es un archivo de fechas, sino un mapa de afectos, esfuerzos y paisajes recuperados.
Este texto nace en la sobremesa de un sábado cualquiera, ese espacio sagrado donde el tiempo se detiene y las generaciones se sientan a conversar. Es un homenaje vivo a Aurora Hernández Fernández, la madre que, con nueve hijos a su cuidado, diecinueve nietos y dos bisnietos, sigue siendo el faro inamovible de nuestra familia. A través de sus ojos, cansados por los años y el peso de la enfermedad, pero encendidos por una fe inquebrantable, redescubrimos una época donde la pobreza no significaba carencia de belleza, y donde la vecindad era sinónimo de hermandad.
Pero estas líneas son también un acto de resistencia y denuncia. Son el eco de una infancia libre en Caleta Infiernillo, Ramuncho y Chome; playas que vieron nuestra libertad y que luego sufrieron la violencia del progreso desmedido y la contaminación. Al plasmar estos relatos, no solo rescatamos las manos suaves de una madre bajo la luz de la luna, sino también el compromiso de no callar, de educar y de exigir que la dignidad y el mar que nos vieron nacer nos sean devueltos.
Estas son nuestras raíces. Este es nuestro nido.
Poema:
Mi madre Aurora, La Guardiana del Nido
Tus manos huelen a agua de hierbas y a memoria,
Aurora de la tarde, roble de setenta y cinco inviernos,
madre de la marea, guardiana de nuestra historia,
que alzaste una casa con tierra extraída de los cerros.
Cómo olvidar la batea de madera en el suelo,
el agua tibia mitigando el frío de la jornada,
mientras tu pelo negro brillaba bajo el cielo,
esperando el regreso de la infancia rezagada.
Navegamos infancias de redes y de caletas,
cuando San Vicente era un espejo de agua pura,
antes de que el petróleo manchara las siluetas
de los niños que amaban la mar con travesura.
Hoy el tumor avanza, pero tu fe no cede,
tu risa en el patio sigue ganándole al dolor,
mientras el viento cuenta lo que la memoria puede:
que no hay puerto que apague la fuerza de tu amor.
Tú nos diste la playa, el respeto y el nido,
la certeza de que nada se construye sin luchar,
y aunque intenten borrar el suelo donde hemos crecido,
en tus ojos, mamá, siempre volveremos a nadar.
Relatos de un sábado: El Nido de la Bahía
El tiempo en la mesa de mi madre es un misterio. No corre hacia adelante como en el resto del mundo; más bien se confunde, se cruza y se trenza en un abrazo donde el pasado y el presente conviven sin prisa. Sentarse allí, en ese almuerzo de sábado, es regresar al nido. Es recuperar la certeza y la alegría de la población donde uno se formó, un territorio donde la vida se construyó a pulso, bajo la lógica comunitaria de la cooperación, el respeto y la hermandad.
—¡¡Es un almuerzo muy rico, gracias, mamá!! —le digo, rompiendo por un instante el murmullo de la sobremesa.
La miro de reojo y una oleada de emoción me aprieta el pecho. Contemplo a esa hermosa mujer y me hundo en una profunda reflexión sobre su vida. Ella es Aurora Hernández Fernández. Tiene 75 años y lleva un cáncer a cuestas desde hace ya varios inviernos, pero su fortaleza sigue intacta. Madre de nueve hijos, abuela de diecinueve nietos y bisabuela de dos, Aurora es el cimiento de todo lo que somos.
A mi cabeza vienen ráfagas de imágenes de nuestra infancia. Pienso en los esfuerzos sobrehumanos que hicieron nuestros viejos para que viviéramos con dignidad. ¿Cómo olvidar aquellas noches en que regresábamos de la calle cerca de las diez? No había baños, mucho menos una ducha, pero ella nos esperaba pacientemente para bañarnos en una batea de madera. Nunca vi en sus ojos preocupación o desesperanza por nuestra tardanza. En nuestra pequeña población de pescadores artesanales, la calle era una extensión del hogar. Salíamos muy temprano y volvíamos tarde, habiendo jugado en cada patio del vecindario. Si nos pillaba la hora de comer, siempre había una vecina dispuesta a tendernos un plato. Éramos los hijos de todos. Y al final del día, el regreso siempre nos devolvía a los baños de batea, a las manos suaves de mi madre y a su pelo negro brillando bajo la luz de la luna.
—¡Eduardo! ¡Eduardo! —su voz me saca de mis pensamientos—. ¿Quieres tomar un café, hijo?
—No, madre, gracias. Solo una agüita de hierbas.
A nuestro alrededor, el sábado sigue su curso. Mis hijos y sobrinos empiezan a prepararse para tirarse a la piscina que instalamos en el patio. Caminamos desde la cocina hacia el aire libre, arrastrando las sillas para continuar la conversación bajo la luz de la tarde. Le pregunto por la salud de los vecinos y de los familiares. Con su memoria de roble, ella me va contando de los que siguen dando la pelea y de los que ya partieron.
Mirando el suelo del patio, recordamos el día en que mi padre, con una audacia que hoy parece de leyenda, trasladó nuestra pequeña casa con una grúa desde el frente de la calle hasta el lugar exacto donde estamos parados hoy.
—Eran momentos hermosos, Eduardo —me dice ella, con los ojos fijos en el horizonte de sus propios recuerdos—. Sin tener nada, levantamos esta casa. El terreno lo rellenamos nosotros mismos con tierra de cerro. Cuando empezaron a construir el Puerto Comercial, trabajamos día y noche con palas, baldes y carretas para rellenar este sitio. Nadie nos regaló nada. Todo fue con puro esfuerzo. ¿Te acuerdas, Eduardo, cuando con tu abuela íbamos a recoger el pescado varado en la bahía de San Vicente?
—Sí, madre —le respondo, y el sabor del mar de la infancia me inunda la boca—. Cómo olvidarlo. Cuando contábamos con nuestra propia playa y disfrutábamos con los amigos de la libertad de una bahía limpia, transparente y hermosa.
Al escucharme, la mirada de mi madre cambia. En sus ojos se instala ese dolor antiguo, esa herida abierta que llevamos todos los habitantes de esta ciudad costera.
—Cómo destruyeron esos lugares estos descriteriados… —dice de pronto, con una voz fuerte, enérgica, que me estremece—. Allí ustedes se bañaban, jugaban, acampaban. Ahí mismo aprendiste a nadar tú, ahí pescaban con su abuelo. Nuestra población siempre fue un lugar pobre, hijo, pero era hermoso. ¿Te acuerdas cuando llegaba el Año Nuevo y salíamos todos los vecinos a pasear juntos?
Claro que me acuerdo. Mi madre guarda silencio y mira alrededor del patio. Sus ojos se detienen en sus plantas, en sus árboles, que parecen haber escuchado callados su relato, siendo testigos mudos de su nostalgia.
—¿Quieres otra agüita de hierbas? —me ofrece.
—Sí, mamá, gracias.
El recibo y me atrevo a preguntarle lo que me ronda el corazón toda la semana:
—Mamá, ¿y cómo te has sentido estos días?
—Bien —me responde con esa alegría inquebrantable que la caracteriza—. Con algunos dolores, y el tumor ha crecido un poco, pero ya veré al médico en la semana.
Su entereza me desarma. Por dentro, me pregunto con amargura por qué hay tantas enfermedades, por qué tanto dolor en nuestra gente de la costa. En ese instante se me vienen a la memoria los días de infancia en Ramuncho. Íbamos con mis tíos, mi madre y mi padre a esa playa que entonces era un paraíso escondido. Pasábamos días enteros sacando mariscos, recolectando luche y pescando. Mi madre disfrutaba como nadie esos espacios abiertos. Hoy calculo la proeza que significaba para ella trasladar a su enorme nidada de hijos hasta allá; sin embargo, jamás demostró cansancio, pena o angustia. Su vida siempre estuvo gobernada por una fe y una convicción a toda prueba.
—Eduardo —me dice, interrumpiendo el vaivén de las olas en mi cabeza—. ¿Te acuerdas del señor de Chome? El que le traía carne de ballena y aves de mar a tu abuelo.
—Claro que sí, madre.
—¿Y te acuerdas cuando visitamos a esa familia allá en Chome? Me acuerdo patente de ese cerezo y ese guindo tan hermosos… Pero ya no queda nada de eso —añade, y su voz baja un tono, cargada de una profunda decepción—. ¿Adónde llegaremos con tanta destrucción? Parece que a nadie le importa el lugar donde crecimos.
Contemplo su rostro surcado por los años y pienso en las encrucijadas de mi propia vida. Me pregunto si todo lo que hemos construido en la modernidad tiene un sentido real, mientras miro a mis hijos y a mis sobrinos jugar cerca de la piscina. Vuelvo a extrañar los días en que nos juntábamos con los vecinos a tejer redes y construir estrobos en las veredas, cuando nuestros juegos infantiles estaban cruzados por una maravillosa sensación de libertad y seguridad.
Una playa llamada Infiernillo
De pronto, el recuerdo me arrastra hacia el mar. Es mediodía y el sol calienta con fuerza la arena de la Caleta Infiernillo. El mar está en calma, pero ese día tiene un magnetismo especial.
—¿Quién se baña? —pregunta alguien.
—¡Yo! —gritamos todos al unísono.
Nuestro gran desafío de esa tarde era llegar a la boya, ese gigante de hierro flotante ubicado a unos 300 metros de la orilla donde los barcos amarraban sus cordeles. Era el Olimpo de los niños de la caleta.
—Intentaré llegar hoy —le comenté al Checho, convencido de que mis brazos aguantarían el trayecto.
Superando la contradicción térmica de levantar el cuerpo de la arena hirviendo para lanzarse al agua helada, me sumergí. Comencé a nadar con fuerza. La bahía se veía hermosa, salpicada de lanchas pesqueras que cabeceaban sobre el agua. Nadaba y nadaba, sintiendo el sol quemándome la espalda. El agua tenía una textura casi sagrada, y el cansancio no era rival para las ganas de conquistar la boya. Mis amigos, más experimentados, me adelantaban brazada a brazada.
—¡Vamos, dale! —me gritaban.
Faltaba poco para llegar a la mitad del trayecto cuando el Rucio se detuvo en seco y pegó un grito que nos congeló la sangre:
—¡Salgamos! ¡Salgamos de aquí!
—¿Qué pasa? —gritamos los demás, flotando a la deriva.
—¡El petróleo! ¡Hay petróleo en el agua!
Impulsados por el motor del puro terror, giramos y nadamos de regreso a la orilla como si nos persiguiera un monstruo marino. Al pisar la arena, nos miramos horrorizados. La playa entera era un cuadro de estupefacción. Las miradas de los bañistas y de los pescadores artesanales de la caleta oscilaban entre la rabia y la resignación. Al mirarnos los cuerpos, vimos que estábamos completamente manchados de una melaza negra y pegajosa.
—¡Qué mierda pasa! —gritó un hombre desde los botes—. ¡Estos huevones de los barcos están botando nuevamente petróleo a la mar!
Miré mis manos tiznadas y una profunda sensación de frustración e impotencia me invadió el pecho. Regresé a casa arrastrando los pies. Mi madre me miró al cruzar la puerta; su rostro era un espejo de rabia y temor.
—¿Qué haremos ahora? ¿Dónde van a poder bañarse estos niños? —replicó textualmente, mientras tomaba un paño y un frasco de colonia para intentar retirar, refregando con fuerza, el petróleo de mi piel.
—¡Eduardo! ¡Eduardo! ¿En qué estabas pensando?
La voz de mi tío ROLANDO me devuelve bruscamente al presente. Ya no estoy en el patio de mi madre, sino caminando junto a él por la orilla de la playa actual, pisando la realidad.
—En nada, tío… —le miento suavemente—. Solo recordaba la primera vez que nos manchamos de petróleo cuando niños.
Mi tío suspira, mirando el horizonte gris de la bahía industrializada.
—Es una lástima en lo que hemos terminado, Eduardo. Basura, petróleo y desechos en nuestra bahía. Vivimos entre incendios y derrames… ¿Qué haremos?
Su pregunta queda flotando en el aire, densa como el smog. Pero la escuela de mi madre, su fe y su convicción inquebrantable han dejado huella en mí. Casi por instinto, le respondo con firmeza:
—Seguir haciendo lo que hacemos, tío. Intentar llamar la atención, denunciar y educar para que la gente despierte de esta catástrofe. Tenemos que exigir que nos devuelvan nuestra bahía.
Mi tío me mira de lado, guarda silencio por un largo momento y luego suelta un deseo que suena a promesa sagrada:
—Yo solo quiero que, cuando muera, mis restos sean esparcidos en esta bahía. Aquí nací, aquí crecí.
Lo miro con mis ojos llenos de luz, sintiendo el peso de la historia de nuestra caleta en sus palabras.
—Bueno, tío —le aseguro con el corazón en la mano—. Así lo haremos.
Fin
Escrito por:
EDUARDO ALARCON HERNÁNDEZ
JULIO DEL 2026
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