María Estuardo Guerra, académica investigadora
Facultad de Ciencias de la Rehabilitación y Calidad de Vida USS
Con la llegada del invierno, bajan las temperaturas y también la exposición a la luz solar. En
este contexto, se ha vuelto cada vez más habitual el uso de suplementos de vitamina D. Pero
¿es realmente necesario su consumo o estamos ante una tendencia del mercado?
La vitamina D es liposoluble y se presenta en dos formas: D2 (ergocalciferol) y D3
(colecalciferol), siendo el colesterol su precursor. Esta última puede sintetizarse en la piel a
partir de la exposición a la radiación ultravioleta del sol. Sus funciones principales incluyen la
regulación del metabolismo del calcio y el fósforo —clave para una adecuada mineralización
ósea— y la mejora en la absorción intestinal del calcio, lo que la convierte en un nutriente
esencial para la formación de huesos y dientes saludables. Además, cumple un rol importante
en la regulación de la presión arterial y en otros procesos fisiológicos.
La deficiencia de vitamina D ha cobrado cada vez más relevancia como un problema de salud
pública en aumento. Su insuficiencia puede provocar desmineralización ósea, osteopenia
(dificultad para formar hueso nuevo), osteomalacia (reblandecimiento óseo), raquitismo y
debilidad muscular. También se ha asociado con enfermedades crónicas como la artritis
reumatoide, patologías cardiovasculares e incluso ciertos tipos de cáncer.
Durante los meses de invierno, la síntesis cutánea de vitamina D disminuye
considerablemente, con énfasis en personas con baja exposición solar, como los adultos
mayores o quienes viven en latitudes extremas. Esta situación ha impulsado la discusión
sobre la conveniencia de suplementar esta vitamina durante los períodos de menor radiación
solar.
Organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la
Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han
reconocido esta deficiencia como un problema emergente de salud, sobre todo en regiones
con exposición solar limitada. En Chile, la Encuesta Nacional de Salud 2016-2017 reveló que
más del 60% de la población presenta niveles insuficientes de vitamina D; lo que derivó en
una modificación del Reglamento Sanitario de los Alimentos para incorporar la fortificación
obligatoria de productos como leches líquidas, en polvo y harinas, medida que fue aplazada
para junio de 2026.
Entre las principales fuentes naturales de vitamina D se incluyen pescados grasos como el
salmón, la caballa y las sardinas enlatadas; el atún, el aceite de hígado de bacalao, los
hongos shiitake, la yema de huevo y el hígado de res. Asimismo, la exposición solar —al
menos entre 10 a 15 minutos diarios, dependiendo del tipo de piel y la latitud— es fundamental
para su síntesis endógena.
La suplementación de la vitamina D durante el invierno puede ser una estrategia útil,
especialmente para personas con riesgo de deficiencia. No obstante, es fundamental que su
uso y administración será asesorado por un profesional de la salud, ya que tanto el déficit
como exceso puede tener consecuencias para salud.
![]()