“ALEGORÍA, DESDE DONDE MIRAMOS EL APRENDIZAJE INCLUSIVO”
CLAUDIA SANTIBAÑEZ.
EDUARDO ALARCON H.
CORPORACION SUSTENTA
Este relato pretende a través de un lenguaje alegórico como herramienta retórica y simbólica fundamental para producir reflexión, ya que opera como una historia dentro de otra historia, permitiendo comunicar ideas complejas, abstractas o controvertidas de manera no literal. A través de la personificación de ideas en personajes, lugares o acciones, la alegoría fuerza al lector o espectador a decodificar un mensaje oculto, facilitando la transición de la mera lectura a la interpretación filosófica o moral.
Relato la silla vacía
….En un aula luminosa, todas las sillas están alineadas frente a la pizarra, como soldados en formación. Cada niño ocupa su lugar, escucha la lección, escribe en su cuaderno, sigue un mismo ritmo. Todo parece transcurrir en orden. Sin embargo, en medio de ellos, hay una silla que parece estar ocupada, pero en realidad está vacía. No porque su dueña no esté, sino porque su aprendizaje sucede más allá de ese asiento.
Ella mira hacia la ventana. Los árboles se agitan con el viento, las ramas golpean los vidrios, y la lluvia, con su compás, llena la sala de un sonido que invita al presente. Las gotas resbalan lentamente por el cristal, mientras el viento silba melodías de otro tiempo y espacio. Sus ojos brillan, atentos al movimiento sutil del mundo exterior, como si buscara en ese paisaje respuestas que no encuentra en la pizarra. Recorre con la mirada la sala en silencio, buscando a sus compañeros, pero sigue habitando la imagen de esas gotas cayendo.
Nada logra devolverle esa sensación de profundidad. Sus compañeros repiten en coro el abecedario que la maestra recita una y otra vez, como un eco sin fin.
Desde la puerta, observo esa silla. Y veo en ella a muchas niñas y niños con discapacidad que, aunque físicamente presentes, no siempre están incluidos en la verdadera experiencia del aprendizaje. Pienso que para ellos, aprender no es simplemente mirar una pizarra y copiar palabras. Aprender es tocar, explorar, moverse, sentir y conectar con el mundo de una manera distinta.
Busco en mi memoria, como acto reflexivo, y reconozco que la escuela, durante mucho tiempo, ha sido igual. Me digo en silencio:
“La escuela muchas veces mide el aprendizaje por la quietud, la obediencia, la repetición de contenidos y una nota alta. Cree que si un niño está sentado y en silencio, está aprendiendo. Y así, la silla se convierte en una barrera más que en un puente; un símbolo de inclusión pasiva que no potencia habilidades ni fomenta autonomía”.
En este modelo, las niñas y niños con discapacidad deben adaptarse al entorno, en lugar de que el entorno se adapte a ellos.
Reflexiono entonces que el aprendizaje no siempre está en el escritorio ni en la pizarra. A veces está en una conversación con un compañero, en una actividad práctica, en un experimento, en el juego, el canto, el baile o al conectar con la naturaleza. Aprender también puede ser caminar por el aula, manipular objetos, construir con las manos o simplemente expresarse de una forma distinta.
Me acompaña en mi reflexión una frase que alguna vez leí:
“La inclusión es pertenecer, ser parte de algo. Es crear un entorno que promueva el sentido de pertenencia, donde cada persona se sienta apoyada, respetada y valorada”.
La inclusión es un proceso que mejora las condiciones de participación, que reconoce la dignidad de quienes han sido históricamente marginados y apuesta por su protagonismo.
Miro nuevamente a esa niña. Y descubro una gran verdad: hay que transformar la idea de la silla como único espacio de aprendizaje. La silla debe ser un punto de partida, no una prisión. Un lugar donde se pueda descansar después de explorar, no un sitio que limite la curiosidad.
Porque la verdadera inclusión no es solo ocupar un espacio físico en el aula. Es participar activamente en el conocimiento y en la vida.
Vuelvo la vista a esa sala de clases, a la profesora, a los estudiantes… y especialmente a ella. La niña me observa y, por un instante, nuestras miradas se encuentran. Me sonríe, como si hubiera sentido que, al fin, alguien la comprende. Levanto la mano y le hago una leve señal. Ella me responde con otra sonrisa, pero esta vez distinta: su mirada brilla con una nueva luz, serena y esperanzadora, como si desde lo más profundo de su ser emergiera la certeza de que su forma de aprender también tiene un lugar en este mundo.
Claudia Santibáñez l.
Eduardo Alarcón H.
Corporación Sustenta
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